Author: Anfechen
•18:56

Aquel libro me observaba de forma acusadora, no es que me afectara tener un bien público en mi poder y robarle algo al estado, lo que en realidad me abrumaba era no entregar el libro a la única trabajadora de la biblioteca municipal, la bella bibliotecaria, sólo porque esta no tenía voz.

Ya había pasado una semana desde entonces, y de forma infantil había tomado colectivo cada día para no toparme con ella en la micro, una terrible decisión para mi presupuesto, pero mucho peor para mis ganas abominables de verle aunque fuese de lejos. Sí, era contradictorio, me debatía entre ver su hermoso rostro de nuevo, y desentrañar el significado de cada una de sus miradas de misterio, enfrentando la noticia más sorprendente de mi vida. Y la cómoda idea de fingir que la mujer más atractiva del universo no existía.

Sin pensarlo más de la cuenta, tomé el libro y mi chaqueta, esta tarde iría a la biblioteca, hablaría con ella, me disculparía por ser tan vergonzosamente estúpido y leería, aún no me acostumbraba a la idea, todos sus papeles impresos. Eso sí, hablaría de forma normal, eso era lo que más temía en realidad, qué tal si comenzaba a hacer señas con las manos o alzar la voz cual si ella fuese también sorda. Debía prepararme para no volver a hacer eso, pues al parecer, le incomodaba. Bueno, a quién no, de seguro me veía estúpido gesticulando.
El camino fue eterno, al fin llegué ante el portero, ahí estaba ella, hermosa como siempre enfrascada en un libro, curiosamente, era igual al que yo devolvería. La observé por algunos minutos, hasta que al fin hablé.- Hola, vengo a pagar la multa de este…libro.-Me interrumpí cuando sacó su mirada de las hojas y la lanzó a mis ojos con un dejo de indignación y sorpresa. Luego me extendió la mano para recibirlo y comenzó a teclear en la computadora, tomó una hoja de oficio y un plumón para escribir con números gigantes el total de la multa. Pagué de inmediato y le pregunté si podría invitarla a un café, ella negó con la cabeza y me miró, ahora sí, con auténtico enfado.

No me moví de ahí, quería que me escribiese algo, lo que fuese. Me ignoró por completo durante toda una hora, comenzó a oír a Bach y menear la cabeza mientras dibujaba algo que parecía una historieta. Dibujaba bastante bien, la historia era novedosa y entretenida, con mensajes sociales, lo sabía, la chica debía ser una revolucionaria. -¿Cuándo la termine puedo verla?- pregunté con cautela, ella me miró por un momento, parecía debatirse entre una buena o mala respuesta, al final sonrió y me miró de un modo que no necesitó palabras para reforzar nada. Aquí y en cualquier lugar del mundo eso era un, “de acuerdo”.

Observó el reloj y tomó rápidamente su abrigo, se desordenó el cabello para ocultarlo bajo la boina y me señaló un cartel que decía.-“No voy a quedarme horas extras”.- mientras sonreía. Aprovechando aquella oleada de buen humor, le volví a invitar a un café, nuevamente me miró asintiendo con la sonrisa más pura que he visto. En respuesta a eso, mi corazón comenzó una acelerada carrera, sé que le sonreí de forma refleja, y sin pensarlo tomé su mano. Para mi sorpresa, no me golpeó, se ruborizó un poco, observó nuestras manos y retiró la de ella delicadamente, luego sonrió nerviosa y comenzó a correr. Como era de esperar la seguí, cuando al fin llegué a su lado, aún sonreía. Me observó inquieta, buscó en su portafolio y me mostró la hoja que decía.- “¿Cómo está/s?- Como nunca, respondí. Su mirada inquisidora, ya no era gélida, si no que tierna, sus ojos eran una mezcla entre verde y miel. Estoy feliz como nunca había estado antes, agregué. Buscando en su portafolio, seleccionó tres hojas que decían;
-“Tú vida no ha tenido muchas emociones entonces, amigo”, “Que tal si vas a un parque de diversiones” y la última decía “¿Cuál es su/tú nombre?
Respondí a todas de una vez.- Ha sido bastante emocionante y no sabe cuánto, los parques de diversiones no me agradan, son una oda al capitalismo, ¿Hay algo peor que cancelar por divertirme? Mi nombre es Franco. Ella observaba sonriendo, mientras levantaba un nuevo papel que rezaba -“Anticapitalista = amigo”.

Aunque nunca fuimos por el prometido café, paseamos por una alameda hasta que el sol se ocultó, las horas pasaban muy rápido en su compañía. Fue muchísimo más cómodo de lo nunca imaginé, probablemente porque su rostro era tan expresivo que en ocasiones no necesitaba el respaldo de las hojas para saber qué quería decir. Esa fue la primera vez que regresamos juntos en la micro, me ofrecí bajar antes y dejarla en la puerta de su casa, pero se negó rotundamente.
Pensé en ella todo el camino a casa, realmente la felicidad me desbordaba, no era como la imaginaba para nada, era increíblemente diferente a todas mis expectativas y por lo mismo aún más atractiva.
En varios mensajes de texto le conté que escribía para un diario local, que repudiaba el capitalismo como semilla de todos los frutos podridos que tenían el mundo en esta evidente decadencia, y que clandestinamente, luego de mi horario de trabajo imprimía una revista que enunciaba todos aquellas noticias que el diario omitía por la evidente manipulación política sobre los medios de comunicación masiva.

Así pasó el tiempo, y cada día intercambiamos más ideas, a medida que transcurrían los meses, Carla ya no empleaba tanto su portafolio, sino que escribía con una caligráfica letra gotica varias de sus ideas. Aunque no sabía nada sobre su familia o amigos, aunque no conocía su casa, ni sabía de donde salía para tomar la micro, ella se transformó irrevocablemente en parte de mi vida, no sabía nada de su mundo concreto, pero sus ideales eran tan tangibles como los míos.

Ya habían transcurrido los dos meses más bellos de mi vida, cuando aquel lunes primaveral la esperaba con un ramo de flores. Como de costumbre el paradero estaba vacío, ya que Carla solía surgir de la calle en su apresurada carrera. Sin embargo, no apareció. El conductor esperó unos minutos más y luego me observó incrédulo.-¿La niña está enferma hoy?- No lo sé, respondí, no la veo desde el viernes. El me miró sin entender. No es mi novia, agregué, más quisiera yo…, somos amigos, sólo la veo en los trayectos y cuando la recojo del trabajo, no sé dónde vive. El sonrió y me dijo, ya veo. Es curioso sabe, desde que la conozco nunca ha faltado a trabajar, tiene una salud envidiable. Su comentario, me preocupó muchísimo más.

El camino a mi trabajo fue difícil, por más que le envié mensajes no obtuve respuestas. Al llegar al diario vi algo sorprendente. Un enorme mural con la primera parte de su historieta me observaba intranquilo. En la parte inferior derecha, negras letras góticas firmaban con su nombre.
Mi día de trabajo fue terrible, la ansiedad definitivamente nunca fue mi amiga, esa tarde corrí literalmente a la biblioteca, que se encontraba misteriosamente cerrada. El portero me preguntó por ella, y entonces supe que no obtendría más información en ese lugar. Busqué a Marcos, su amigo, el sujeto tampoco sabía nada ni conocía su dirección. Todos coincidían en una sola cosa, Carla jamás había faltado al trabajo. Un día de ausencia, no obligaba a nadie a preocuparse, a nadie que no fuese yo. Para ellos resultaba fácil, sus corazones no latían al compás del de ella. Francamente, estaba desesperado, algo me decía que no la vería más. Mi misteriosa amada le hacía honor a su nombre, ni siquiera en su lugar de trabajo conocían su dirección, al parecer muchos parecían evitar entablar mayores conversaciones con ella, de seguro por su “escucha activa”.
Luego de tres asfixiantes días sin la bibliotecaria, decidí buscarla de veras, entonces agradecí por mis rasgos psicópatas, le había tomado una fotografía escondido, y comencé a mostrar su foto en los alrededores de donde debía estar su casa. Para mi sorpresa, nadie parecía identificarla, la mujer del portafolio, mi amada Carla, sólo parecía ser visible para el sujeto de la micro.


Fin
Author: Anfechen
•15:04
Una ilusión rota más, a quién le importaba, ¿Debía importarme? ¿Es que acaso en algún momento creí que tendría alguien a quien comunicarle algunos de mis pensamientos? En realidad, sí lo había pensado en algún momento. A mis 22 años la vida avanzaba rutinariamente, probablemente por mi empleo silencioso de bibliotecaria, pero a quién quería engañar, era el mejor trabajo para alguien como yo, una mujer sin voz. Sólo debía señalar los letreros de “buenos días”, “qué titulo desea”, y otros. Por otra parte, la biblioteca municipal no era el sitio más frecuentado de la ciudad, y ya conocía a casi todos, razón por la que mis frases predeterminadas volvían muy prácticas las conversaciones.
No era infeliz por mis años de escucha activa, como solía llamar a mi inhabilidad de articular pensamientos, ya que me había otorgado de forma obligatoria la capacidad de analizar el comportamiento de quienes me rodeaban, y de algún modo observaba eso como una ventaja.

No siempre fui muda, hasta los siete años hablaba como los demás, mi voz se apagó junto con la de aquel hombre, esa gris tarde de mayo. Recuerdo que vivíamos en la calle, decía que me había encontrado siendo muy pequeña, y que no le había quedado más remedio que cuidarme, creía que era lista y que sería el legado de sus ideas. Creo que en el fondo me quería, me atrevería a decir que como un padre, aunque no lo demostrase. Era un agitador de masas, capaz de mover montañas de personas con elocuentes discursos poco comunes en un indigente, sus palabras evidenciaban que vivía en la calle por rechazo al sistema más que por destino, solía decirme que no le harían callar a menos que su voz fuese destrozada, tenía fe en que alguna vez yo pudiese encender los ánimos como él. Aquella tarde los tumultos fueron más allá de lo esperado, lo detuvieron y lo último que me dijo fue.-Mantente a salvo, no hables.-Entonces comprendí que las armas podían más que los argumentos cuando estos no eran realmente escuchados. Siempre pensé que debía ser muy difícil tratar de explicar a un militar con fúsil en mano, alguna palabra diferente a “fuego”, o “alto al fuego”, dudaba que en su cabeza pudiese ingresar información adicional a cómo jalar un gatillo, o cómo humillar más a un ser humano. Cualquier cosa que rompiese sus esquemas, ensuciara sus uniformes, o peor aún, insultase a los símbolos que les otorgaban seguridad, resultaba peligrosa y pronta a extinguir. De seguro, para aquellos pobres uniformados, era abrumador oír a aquel hombre gritarles que abrieran los ojos, que eran manipulados por un gobierno, que en lugar de defender la patria estaban manchando la historia con sangre inocente, y de paso sumando ceros a la derecha de las ya suculentas cuentas de los comandantes ante los que debían humillarse y cuadrarse a diario. Supongo que tanta información en tan poco tiempo, los asustó tanto que jalaron el gatillo, cual si las balas cambiasen esa realidad tan molesta, como si aquello viviese en una persona y no en sus propias vidas.

Luego de huir despavorida, concluí una sola cosa, los gritos no conducen a nada bueno, las voces no son buenas. Alguna parte de mi cerebro, esa que debía trabajar para que mis cuerdas vocales vibrasen a voluntad generando sonidos, se bloqueó para siempre.
A veces, cuando me sentía fuerte, segura e invulnerable, intentaba inútilmente emitir sonidos, pero el resultado siempre era frustrante.
Pasaría algún tiempo para que me enviaran a un hogar de menores, obtuviese algo de educación y consiguiera lo que obtuve hasta ahora. Esa era la historia de mi vida, una historia que nadie conocía, no era algo digno de ocupar frases en el portafolio, no quería parecer vulnerable, ya generaba lástima por mi “escucha activa”, sumar la triste historia del porqué, sólo empeoraría las cosas.

Tenía un solo amigo, Marcos, cada viernes me invitaba a un café para hablar interminablemente de su trabajo, de las muchachas que conocía y luego disculparse para agregar.-¿Algo que escribirme?- Yo sonreía, irónicamente y escribía algo desagradable que le hacía reír.

De vuelta a la realidad y al presente, entré a la biblioteca enfadada, arrojando el abrigo y encendiendo la radio de forma brusca. El portero me siguió preocupado, ¿Ocurre algo Carla?- Mostré el cartel predeterminado que más me representaba en esos momentos.- Todo mal, vete al diablo. El sonrió y me dijo, tienes problemas del corazón, me burlé y esta vez escribí.- ¿Desde cuando eres cardiólogo?- El siguió silbando y hablando del amor. El amor y un fastidio, pensé, entonces continué con mi habitual labor de plagar el portafolio de imágenes buenas, de esas que dicen más que mil palabras. Lo que de verdad me enfadaba era el no tener que escribir algo nuevo en mi portafolio, siempre las mismas frases, nadie a quien decir algo para lo que no existiesen palabras. Al no hablar, tenía la ventaja de pensar bien antes de escribir, y hasta ahora, nunca había sentido la necesidad de inventar una palabra nueva, para expresar un sentimiento descomunal.

No sé qué me hizo creer que el sujeto de la micro aparecería como algo importante en mi vida, quizás su mirada transparente, diferente a todas las demás, su nerviosismo al hablar era sencillamente…tierno. Lo observé atentamente, de un modo más discreto que el suyo, claro está, quizás nunca lo notó. Es extraño, pero la vez que me siguió al trabajo, no sentí ganas de golpearle, quería que me hablase, saber de él.

Atendí con frases pesadas a todos los concurrieron a la biblioteca ese día, todos notaron que algo me pasaba, y en lugar de enfadarse por mis malas palabras sonreían, cual si fuese un bebé diciendo groserías. Mi frase más usada durante toda esa semana fue; "Cuando hables procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

¿Fin?





Author: Anfechen
•18:20
Caminaba apresurada como de costumbre, con su delgada silueta envuelta en aquel abrigo negro. Un maletín en la mano derecha y bajo el brazo izquierdo un portafolio tapizado de fotografías en blanco y negro recortadas de algún diario que gritaban de todo; desde mensajes sociales, hasta imágenes de bombas nucleares tachadas con un plumón. Nunca había hablado con ella pero aquel portafolio me daba a entender que pensaba como yo. La muchacha debía ser una revolucionaria, de esas que no necesitan gritar para expresar mil ideas con la sola mirada. Ah…su mirada, eso sí que me daba para escribir cientos de novelas. Sus ojos eran de un color indefinido e indescriptible, decir que eran de color miel, verde, azul o violeta era pasar por alto aquella amplia gama de colores que destellaba cuando pestañeaba.

Al fin alcanzaba la micro, al parecer siempre se retrasaba y debía correr agitando los brazos para que el chofer la esperara, éste ya la conocía, así que sonreía al verla subir. También yo, pero la diferencia es que para mi el viaje era el mejor momento del día sólo porque estaría más cerca de ella, y porque como siempre, viajaría todo el camino preparándome mentalmente para entablar alguna conversación con ella. Lo que en estos dos años, nunca había ocurrido. Siempre se sentaba en un lugar vació, como todo el mundo, entonces yo maldecía el hecho de que tomará la micro justo luego de que el centenar de escolares se bajase. Bueno, quizás era más lista que yo y calculaba ese gran detalle para poder viajar más cómoda. El caso es que no llegaba el día en que se sentase junto a mí, y esto sumado a mi timidez reducía las posibilidades de entablar alguna conversación a cero.

Para los demás podía ser una pasajera más, pero para mi era un misterio disfrazado de mujer, por ejemplo, jamás en estos dos años había escuchado su voz, al subir a la micro saludaba con la mirada, mostraba una tarjeta al micrero y éste le sonreía de vuelta. Tampoco la oí contestar su celular, al parecer sólo recibía mensajes de texto, al menos el tono del mensaje era de mi agrado. Durante el viaje leía, algún libro que extraía del maletín, mientras balanceaba la cabeza al ritmo de una música que sólo ella oía en su mp3. Cuando era hora de bajar, arreglaba su boina inclinada y acomodaba sus oscuros rizos, entonces salía, nuevamente apurada a un destino que yo desconocía.

Mis amigos creían que estaba enloqueciendo, y se burlaban de mi timidez al momento de hablar con una dama. Yo me excusaba con el hecho de que ella era diferente y de seguro intimidaría a cualquiera. Como ocurrió el día en que traté de ayudarla a bajar y me observó con una gélida mirada que bastó para que entendiese que me estaba enviando al demonio. Después de eso presté más atención a su portafolio, la muchacha también era feminista.
A veces me preguntaba si en su mundo existiría lugar para un loco como yo, al parecer no había notado jamás cómo la miraba, siempre infinitamente concentrada en lo que sea que estuviese escuchando, miraba el paisaje absorta en pensamientos que cambiaban el tono de su mirada, de gris a verde, de verde a azul.

Seguirla parecía la idea propia de un psicópata, sin embargo era el único modo de saber algo más de la misteriosa dama del portafolio. Así, un lluvioso viernes de junio, en que ella caminaba a su destino, yo falté al mío.
Sin saber qué me esperaba, entré a la biblioteca municipal, ella saludó con una sonrisa al portero, colgó el abrigo y la boina, su cabello desordenado fue atrapado al instante por unas horquillas, y se ubicó tras el mostrador. De seguro notó que la seguí, pues me observó de un modo inquisidor. No me reclamó ni me preguntó qué se me ofrecía, sino que señaló un cartel que hablaba por ella, diciendo.-“Buenos días, en qué puedo ayudarle”.- Entonces el tic-tac del gran reloj, me indicó que era hora de ir a trabajar y dejar en paz a la bella bibliotecaria. Sin responder corrí, mientras inventaba una excusa mejor que la realidad en caso de ser sorprendido por mi jefe.

Como era de esperar una vez que salí del trabajo fui hacia la biblioteca a buscar cualquier libro, y excusarme por mi torpeza en la mañana. Al entrar ella se paseaba de un lado a otro en puntillas, danzando música clásica, cuando me vio se sonrojó, fue hasta el mostrador, bajó el volumen de la radio y me sonrió como disculpándose. Yo comencé diciendo que en la mañana había ido en busca de un libro, ya que parecía menos vergonzoso y enfermo que la verdad. Ella me miró de modo comprensivo y me guió hasta la sección donde yo debía encontrar el dichoso libro. Luego se fue a recortar más fotografías de periódicos que pegaría en su portafolio. Bastó que tomara su abrigo para entender que era hora de irme, a decir verdad ese día planeaba irme charlando con ella en la micro de vuelta a casa, pero un sujeto rompió mis ilusiones, cuando noté que la invitaba a tomar café y ella asentía con una gran sonrisa.

Tuve que esperar hasta el lunes para verla otra vez, tiempo suficiente para armarme de valor y ensayar algunas frases. El trayecto hasta el paradero en que subiría la retrasada y misteriosa bibliotecaria, fue francamente agotador para mis torpes dedos, que golpeteaban la ventana de la micro de manera ansiosa. Al fin, subió y de forma instintiva levanté mi mano, saludándola como si fuésemos amigos desde siempre. Ella pareció algo contrariada, sin embargo algo tenía mi cara, pues decidió sentarse junto a mí. De forma nerviosa le saludé, y le pregunté si podía ir esa tarde a la biblioteca a dejar el libro prestado. Era una pregunta estúpida, ya que ese día debía ir por regla. Ella sonrió asintiendo con la mirada. Luego hizo algo para lo que nunca estuve preparado…

Abrió su portafolio y señaló una hoja plastificada impresa que decía.-Hola, ¿cómo está/s?- Me tomó algunos segundos comprender que la muchacha era muda, inmediatamente pensé que tampoco oía y empuñé mi mano con el pulgar hacia arriba diciendo bien con la mejor sonrisa que pude gesticular. Ella me observó un instante, negando con la cabeza y volteó varias veces sus plastificadas hojas hasta encontrar la que deseaba y me la mostró.-Soy muda, pero no sorda, oigo perfectamente.- Entonces, rebuscó en su bolso y me mostró los audífonos de su mp3 con una sonrisa. Me sentí realmente estúpido e incómodo, así que no hablé más. La bella mujer me miró de un modo extraño, casi desilusionada, entonces rebuscó en su bolso, se instaló los audífonos y comenzó a oír su música y balancear la cabeza como solía hacerlo. Me limité a observarla a través del reflejo de la ventana, aún avergonzado e incómodo, probablemente por el gran número de veces en que había imaginado su voz, a mi parecer debía ser grave y decidida.
Llegada la hora, ella alzó su mano en señal despedida, arregló su boina y comenzó a caminar apresuradamente.
Ese día no fui a la biblioteca, ya no me importaba pagar la multa, simplemente no sabía qué hacer si veía de nuevo a esa mujer sin voz.

Fin
Author: Anfechen
•11:38
El reloj de la plaza central marcaba las 7:20 pm, iba atrasada como de costumbre, esta vez me entretenía observando a una pequeña jugar en medio de la lluvia. Aceleré el paso para llegar a una hora al menos digna, mientras la lluvia rebotaba al caer en el pavimento, no sentía frío sólo ganas de verlo.
Ahí estaba en la cafetería de siempre, se notaba preocupado o probablemente enojado, al sentarme le sonreí tímidamente sabiendo de mi falta, pero se limitó a observar su café. Comencé a explicar el episodio de la pequeña que jugaba en la plaza, pero no obtuve respuesta. Su indiferencia fue abrumadora, traté de tomar una de sus manos pero se la llevó al mentón siempre tan serio y analítico. Observé sus ojos grises, esos que solían mirarme con ternura, y que ahora enfocaban un objeto invisible a través de la ventana.
Pensé en un modo de excusar mi retraso, es cierto que siempre llegaba tarde, que no usaba mi teléfono, que no podía localizarme, pero tampoco era tan mala. Incluso esa misma mañana le había enviado una carta.
No recordaba con precisión la última vez en que me había estrechado entre sus brazos, tampoco la última vez en que me había dicho te amo sin hablar.
Algo pasaba ahora entre nosotros y yo lo quería averiguar, le miré con impaciencia y traté de poner mi cara lo más severa posible para decir; tenemos que hablar. El consultó la hora en su celular y ahora enfocaba hacia la puerta, tardé unos minutos en reparar que un ramo de rosas blancas, mis favoritas, descansaba a su costado. Las cosas cambiaban, él traía rosas para mi y yo llegaba atrasada, en realidad tenía razón con enojarse, suavicé mi mirada esta vez y pedí disculpas de corazón. El pidió más café, pero ninguno para mi, la mesera casi me choca y ni siquiera se disculpó. Claro, de seguro se pondría de lado del caballero guapo de las rosas y no de la femme fatale que le hacía esperar…
Continuaba mirando a la puerta cuando le dije que lo amaba y entendía su enfado, sonrió tristemente al ver que se entreabría y un señor desgarbado apoyaba su paraguas contra la puerta. Miraba como esperando a alguien, e insistía en hacerme la ley del hielo.
Ahora estaba indignada, no podía seguir ignorándome tanto tiempo, decidí sentarme a su lado y robarle un beso para que comprendiera cuánto le amaba, pero justo en ese momento la camarera le informó que cerraría el local bloqueándome el paso.
El se puso de pie lentamente y se comenzó a caminar a zancadas, yo traté de imitarle pero mis pasos no se le igualaban. Le grité que esperara un momento o me indignaría el doble, el caminó ahora con lentitud, mientras murmuraba mi nombre ensimismado. Al final caminamos en silencio, decidí que era mejor callarme y esperar a que el expresara lo que sentía, pues su cara parecía desesperada. Nos detuvimos en el cementerio, ahí solíamos tomar fotografías, se acercó a mi árbol favorito y observó una placa en el suelo, puso flores en esa tumba desconocida, mientras su largo abrigo negro ondeaba al viento. Luego se tumbó en el suelo y quitó la boina para arrojarla con violencia, gruesas lágrimas le cubrían el rostro. Traté de calmarle y decirle que estábamos juntos en esto, pero no lo conseguí, no podía tocarlo, una fuerza extraña me lo impedía. Decidí mirar la placa, tenía mi nombre, la fecha de hoy hace un año. Una ola de realidad me golpeó con fuerza, noté como conducía en medio de la anegada carretera, el alocado ir y venir de las plumillas de mi parabrisas, incapaces de quitar las gruesas y frecuentes gotas de lluvia. Las llantas resbalaron, Electrical Storm se escuchaba en la radio, barridos electrónicos invadieron mi cerebro. Las luces de aquel gran camión me deslumbraron, traté de virar y acercarme a la orilla de la carretera, pues frenar no tendría sentido…
Un gran ruido apagó todo lo demás, vi mi rostro extremadamente pálido y con cortes, luego reparé en gran cantidad de sangre que resbalaba por mi cuello, supe que proveía de una arteria por el color escarlata traté de detener la hemorragia, aunque mis entumecidos músculos no respondían. Sabía que entraría en shock muy pronto, pensé en cuánto lo amaba y quise creer que sí nos comunicábamos por telepatía como solíamos decir, esbocé un última sonrisa y todo se apagó…
Miré a mi alrededor, la placa me contemplaba gélida desde el pasto y mi nombre resaltaba en letras caligráficas, entonces comprendí porque desde hace un tiempo no me afectaba en lo más mínimo el cambio climático, porqué me ignoraban, es que yo ya no existía.
Contemplé su rostro inundado en lágrimas y me tumbé junto a él, traté de explicarle que siempre estaríamos juntos, sin embargo mi voz no era audible en este sitio que alguna vez fue nuestro mundo.

Fin
Author: Anfechen
•10:56
Foto tomada por Pablito.

Miraba distraído por la ventana empañada de una cafetería, la lluvia formaba una fría cortina gris. Algunos corrían a ocultarse como si aquel milagroso llanto del cielo pudiese erosionarles la piel. Siempre me ha gustado observar, quizás demasiado, al punto de responder con monosílabos a los frustrados interlocutores que quisieran entablar una real conversación conmigo. En la radio suena Electrical Storm, una buena canción, puede que eso sea lo que más adoro del invierno, las emisoras ponen música totalmente audible y adecuada, odio los estúpidos ritmos veraniegos en extremo alegres y abofeteadores. En cambio hoy, todo combina conmigo, el abrigo negro, la boina, mi café cargado el ramo de rosas blancas que descansa adornado en un celofán translúcido para ella.
El reloj marca las 7:00 pm, otra vez se retrasó, la mesera me observa compasiva, quizás porque he pedido ya 4 tasas de café con galletas sólo para hacer la hora, probablemente porque las rosas se marchitan…
Ya no miro por la ventana, ahora mi único objetivo es aquella puerta, un nudo se apodera de mi garganta, porqué será que no llega, los minutos caen en la tasa de café y forman extrañas figuras torturadas, la puerta se entreabre, la decepción me azota, no es ella.
Cualquier sujeto que estuviese en mi lugar la llamaría, pero aquello escapa de mis posibilidades, mi princesa no responde teléfonos, ella detesta tanto la tecnología como yo el verano.
El reloj esta vez marcó las 8:00 pm, la mesera se acerca tiernamente, de un modo casi maternal y me informa que es la hora de cerrar el local, ella se refiere a mi como si me conociera. No entiendo porqué no ha llegado y una oleada de preocupación me encoge el corazón, será que le pasó algo y en lugar de ir a buscarla me quedé a esperar que llegará sola.
Veo el calendario de la entrada y la fecha se graba en mi mente de un modo para nada inocente, conozco esa fecha, sé que la detesto, incluso la arranqué de mi agenda.
Me he puesto el abrigo, aún no entiendo qué hice mal para que no viniera, yo la extraño tanto, no la veo desde hace casi un año, su última carta decía que me amaba más que a nadie y nada, que su amor sería tan inmortal como el aceite impregnado en una piedra, que no tendría distancias ni fronteras…
Una gota de lluvia me mojó la cara y mi respiración se tornó entrecortada,.. Sigo pensando en ella, en su fino rostro blanco, en sus manos pequeñas, en su aroma a rosas, en la ternura de su mirada y sus sonrisas arrebatadoras. Debo ir a buscarla, pero no sé dónde, no recuerdo su dirección por más que hurgue en mi memoria, qué me ha pasado. Lo que siento ahora es una real desesperación por ver su rostro y abrazarla con ternura, camino sin saber adónde voy, no sé porqué se ha apoderado de mi la amargura, quizás porque se esconde el sol.
Al fin mis pies se han detenido, estoy en el cementerio de la ciudad, no es novedad que llegase hasta acá, ella solía disfrutar de este lugar tomando fotografías. Ahí está, su árbol favorito, abajo se encuentra una lápida nueva que de seguro nunca vimos. Me acerco por curiosidad, tiene el nombre que más amo en la vida, la lápida tiene su nombre, la fecha de hoy hace un año y su fotografía.
Un ramo de rosas blancas ya marchitas reclama por ser cambiado, de manera autómata cambio el ramo que llevo por el antiguo. El leer ese nombre me sacude, una oleada de realidad me empuja contra el suelo, ahora entiendo porqué no nos vemos, porqué se ha marchado, porqué su odio por la tecnología se ha extremado al punto de no volver a responder nunca más ninguna de mis llamadas.

Fin
Agradecimientos: A Pablito por tomar la foto perfecta para el cuento.