Author: Anfechen
•15:21
Su voz era amplificada por un megafono pequeño, su mensaje era fuerte y claro, sin eufemismos, sin miedos, era tal como decía; su verdad. Como era de esperar, los transeúntes caminaban de un lado a otro, algunos ignoraban la existencia de la mujer, mientras otros se debatían entre escuchar o seguir a su destino sin interrupciones. Petrificada en la otra acera observé con atención, no es lo mio analizar el comportamiento social, eso es territorio de mi amado. Sin embargo, me permitiré expresar que fue entonces cuando entendí que en mi pequeña ciudad que evoluciona día a día, se ha estacionado aquel terrible nubarrón de individualismo, esa franca falta de atención hacia lo que aqueja a otros, sin notar siquiera que los problemas de aquella mujer son los propios, sin detenerse a pensar que ante males homogéneos se requiere de una lucha en conjunto. La falta de atención a aquella madre desesperada por los frutos podridos del capitalismo, la injusticia y fraudulencias gubernamentales, no es más que el reflejo de la propia resignación ante la explotación del empresario descorazonado hacia el obrero, el mismo que, porque no decirlo, se encuentra aquejado por una enfermedad crónica heredada de los tiempos de represión y dictadura; el miedo. Sí, pues no es novedad ninguna que gran parte de la generación nacida y educada en aquella época, prefiere juzgar por loco, anarquista, comunista, o hasta delicuente a aquel que alza la voz por una injusticia, que difiende un derecho que jamás debió ser vulnerado.
Entonces, es mejor vivir en un mundo de fantasía, donde una tarjeta de crédito te hace sentir dueño del mundo (pues compras un plasma y te dan un DVD en cómodas 24 cuotas que te harán pagar dos veces el valor del televisor y el regalo) en lugar de esclavo de algún empresario que no conoces ni te conoce, pero que no obstante se satisface del dinero que juntas día a día con el sudor de tu frente. Curioso, pero así funciona el mundo, todos los sabemos, a todos nos molesta, todos lo reclamamos en alguna cena familiar cuando sale el tema, mi duda es...por qué no todos nos juntamos un día y le gritamos eso a alguien. ¿Aún queda miedo? Ah, claro está, nuestra bonita democracia se alegra de regalar lágrimas y golpes a quienes protestamos, se siente satisfecha y segura de tener un arsenal de violentos carabineros, esa arma de doble filo, que no sabes si te cuida o agrede cuando piensas diferente. O qué tal si todos dejamos de comprar en aquellos lugares, qué tal si boicoteamos las multinacionales, esos monumentos y templos del dios dinero.
La mujer terminó su discurso, esperaba que la escuchase el gobernador de Los Andes, pero éste jamás se asomó, supongo que para el no es importante el gran problema que aqueja a una pobladora de su ciudad...supongo que me equivoqué cuando creí que realmente estaban ahí para velar por nuestros intereses. Quizás por esa razón me hierve la sangre el saber que aquel fofo individuo come y se viste gracias a todos nosotros, el pueblo que se niega a oír, los que paramos su propia olla y platos de comida. Injusto, sencillamente injusto, que un ser humano con la misma cantidad de cromosomas se crea tan superior como para no escuchar el problema de alguien exactamente igual a él, a diferencia de un simbólico cargo que sólo lo vuelve más despreciable...
Las palabras finalizaron, el megafono fue apagado, la mujer bajó la cabeza cansada, mi amado y yo aplaudimos con más energía que nunca, alguien se contagio y también aplaudió, entonces aquella señora desapareció entre la multitud de la atestada calle Esmeralda. El gobernador jamás pareció enterarse de nada, honestamente me sobraban las ganas de quebrar un vidrio del maldito edificio, pero recordé que así no se consigue más que entregarle argumentos al enemigo, el que se jactará de civilizado por no violentar, aunque nos violenten a diario con las injusticias cometidas, aunque sus modos de agresión sean inmensamente superiores y nocivos, sin medir entre el uso de golpes físicos o el empleo de químicos...qué vendrá luego, inoculación de algunos virus en nombre del "orden y patria", francamente, no lo sé.
Author: Anfechen
•18:56

Aquel libro me observaba de forma acusadora, no es que me afectara tener un bien público en mi poder y robarle algo al estado, lo que en realidad me abrumaba era no entregar el libro a la única trabajadora de la biblioteca municipal, la bella bibliotecaria, sólo porque esta no tenía voz.

Ya había pasado una semana desde entonces, y de forma infantil había tomado colectivo cada día para no toparme con ella en la micro, una terrible decisión para mi presupuesto, pero mucho peor para mis ganas abominables de verle aunque fuese de lejos. Sí, era contradictorio, me debatía entre ver su hermoso rostro de nuevo, y desentrañar el significado de cada una de sus miradas de misterio, enfrentando la noticia más sorprendente de mi vida. Y la cómoda idea de fingir que la mujer más atractiva del universo no existía.

Sin pensarlo más de la cuenta, tomé el libro y mi chaqueta, esta tarde iría a la biblioteca, hablaría con ella, me disculparía por ser tan vergonzosamente estúpido y leería, aún no me acostumbraba a la idea, todos sus papeles impresos. Eso sí, hablaría de forma normal, eso era lo que más temía en realidad, qué tal si comenzaba a hacer señas con las manos o alzar la voz cual si ella fuese también sorda. Debía prepararme para no volver a hacer eso, pues al parecer, le incomodaba. Bueno, a quién no, de seguro me veía estúpido gesticulando.
El camino fue eterno, al fin llegué ante el portero, ahí estaba ella, hermosa como siempre enfrascada en un libro, curiosamente, era igual al que yo devolvería. La observé por algunos minutos, hasta que al fin hablé.- Hola, vengo a pagar la multa de este…libro.-Me interrumpí cuando sacó su mirada de las hojas y la lanzó a mis ojos con un dejo de indignación y sorpresa. Luego me extendió la mano para recibirlo y comenzó a teclear en la computadora, tomó una hoja de oficio y un plumón para escribir con números gigantes el total de la multa. Pagué de inmediato y le pregunté si podría invitarla a un café, ella negó con la cabeza y me miró, ahora sí, con auténtico enfado.

No me moví de ahí, quería que me escribiese algo, lo que fuese. Me ignoró por completo durante toda una hora, comenzó a oír a Bach y menear la cabeza mientras dibujaba algo que parecía una historieta. Dibujaba bastante bien, la historia era novedosa y entretenida, con mensajes sociales, lo sabía, la chica debía ser una revolucionaria. -¿Cuándo la termine puedo verla?- pregunté con cautela, ella me miró por un momento, parecía debatirse entre una buena o mala respuesta, al final sonrió y me miró de un modo que no necesitó palabras para reforzar nada. Aquí y en cualquier lugar del mundo eso era un, “de acuerdo”.

Observó el reloj y tomó rápidamente su abrigo, se desordenó el cabello para ocultarlo bajo la boina y me señaló un cartel que decía.-“No voy a quedarme horas extras”.- mientras sonreía. Aprovechando aquella oleada de buen humor, le volví a invitar a un café, nuevamente me miró asintiendo con la sonrisa más pura que he visto. En respuesta a eso, mi corazón comenzó una acelerada carrera, sé que le sonreí de forma refleja, y sin pensarlo tomé su mano. Para mi sorpresa, no me golpeó, se ruborizó un poco, observó nuestras manos y retiró la de ella delicadamente, luego sonrió nerviosa y comenzó a correr. Como era de esperar la seguí, cuando al fin llegué a su lado, aún sonreía. Me observó inquieta, buscó en su portafolio y me mostró la hoja que decía.- “¿Cómo está/s?- Como nunca, respondí. Su mirada inquisidora, ya no era gélida, si no que tierna, sus ojos eran una mezcla entre verde y miel. Estoy feliz como nunca había estado antes, agregué. Buscando en su portafolio, seleccionó tres hojas que decían;
-“Tú vida no ha tenido muchas emociones entonces, amigo”, “Que tal si vas a un parque de diversiones” y la última decía “¿Cuál es su/tú nombre?
Respondí a todas de una vez.- Ha sido bastante emocionante y no sabe cuánto, los parques de diversiones no me agradan, son una oda al capitalismo, ¿Hay algo peor que cancelar por divertirme? Mi nombre es Franco. Ella observaba sonriendo, mientras levantaba un nuevo papel que rezaba -“Anticapitalista = amigo”.

Aunque nunca fuimos por el prometido café, paseamos por una alameda hasta que el sol se ocultó, las horas pasaban muy rápido en su compañía. Fue muchísimo más cómodo de lo nunca imaginé, probablemente porque su rostro era tan expresivo que en ocasiones no necesitaba el respaldo de las hojas para saber qué quería decir. Esa fue la primera vez que regresamos juntos en la micro, me ofrecí bajar antes y dejarla en la puerta de su casa, pero se negó rotundamente.
Pensé en ella todo el camino a casa, realmente la felicidad me desbordaba, no era como la imaginaba para nada, era increíblemente diferente a todas mis expectativas y por lo mismo aún más atractiva.
En varios mensajes de texto le conté que escribía para un diario local, que repudiaba el capitalismo como semilla de todos los frutos podridos que tenían el mundo en esta evidente decadencia, y que clandestinamente, luego de mi horario de trabajo imprimía una revista que enunciaba todos aquellas noticias que el diario omitía por la evidente manipulación política sobre los medios de comunicación masiva.

Así pasó el tiempo, y cada día intercambiamos más ideas, a medida que transcurrían los meses, Carla ya no empleaba tanto su portafolio, sino que escribía con una caligráfica letra gotica varias de sus ideas. Aunque no sabía nada sobre su familia o amigos, aunque no conocía su casa, ni sabía de donde salía para tomar la micro, ella se transformó irrevocablemente en parte de mi vida, no sabía nada de su mundo concreto, pero sus ideales eran tan tangibles como los míos.

Ya habían transcurrido los dos meses más bellos de mi vida, cuando aquel lunes primaveral la esperaba con un ramo de flores. Como de costumbre el paradero estaba vacío, ya que Carla solía surgir de la calle en su apresurada carrera. Sin embargo, no apareció. El conductor esperó unos minutos más y luego me observó incrédulo.-¿La niña está enferma hoy?- No lo sé, respondí, no la veo desde el viernes. El me miró sin entender. No es mi novia, agregué, más quisiera yo…, somos amigos, sólo la veo en los trayectos y cuando la recojo del trabajo, no sé dónde vive. El sonrió y me dijo, ya veo. Es curioso sabe, desde que la conozco nunca ha faltado a trabajar, tiene una salud envidiable. Su comentario, me preocupó muchísimo más.

El camino a mi trabajo fue difícil, por más que le envié mensajes no obtuve respuestas. Al llegar al diario vi algo sorprendente. Un enorme mural con la primera parte de su historieta me observaba intranquilo. En la parte inferior derecha, negras letras góticas firmaban con su nombre.
Mi día de trabajo fue terrible, la ansiedad definitivamente nunca fue mi amiga, esa tarde corrí literalmente a la biblioteca, que se encontraba misteriosamente cerrada. El portero me preguntó por ella, y entonces supe que no obtendría más información en ese lugar. Busqué a Marcos, su amigo, el sujeto tampoco sabía nada ni conocía su dirección. Todos coincidían en una sola cosa, Carla jamás había faltado al trabajo. Un día de ausencia, no obligaba a nadie a preocuparse, a nadie que no fuese yo. Para ellos resultaba fácil, sus corazones no latían al compás del de ella. Francamente, estaba desesperado, algo me decía que no la vería más. Mi misteriosa amada le hacía honor a su nombre, ni siquiera en su lugar de trabajo conocían su dirección, al parecer muchos parecían evitar entablar mayores conversaciones con ella, de seguro por su “escucha activa”.
Luego de tres asfixiantes días sin la bibliotecaria, decidí buscarla de veras, entonces agradecí por mis rasgos psicópatas, le había tomado una fotografía escondido, y comencé a mostrar su foto en los alrededores de donde debía estar su casa. Para mi sorpresa, nadie parecía identificarla, la mujer del portafolio, mi amada Carla, sólo parecía ser visible para el sujeto de la micro.


Fin
Author: Anfechen
•15:04
Una ilusión rota más, a quién le importaba, ¿Debía importarme? ¿Es que acaso en algún momento creí que tendría alguien a quien comunicarle algunos de mis pensamientos? En realidad, sí lo había pensado en algún momento. A mis 22 años la vida avanzaba rutinariamente, probablemente por mi empleo silencioso de bibliotecaria, pero a quién quería engañar, era el mejor trabajo para alguien como yo, una mujer sin voz. Sólo debía señalar los letreros de “buenos días”, “qué titulo desea”, y otros. Por otra parte, la biblioteca municipal no era el sitio más frecuentado de la ciudad, y ya conocía a casi todos, razón por la que mis frases predeterminadas volvían muy prácticas las conversaciones.
No era infeliz por mis años de escucha activa, como solía llamar a mi inhabilidad de articular pensamientos, ya que me había otorgado de forma obligatoria la capacidad de analizar el comportamiento de quienes me rodeaban, y de algún modo observaba eso como una ventaja.

No siempre fui muda, hasta los siete años hablaba como los demás, mi voz se apagó junto con la de aquel hombre, esa gris tarde de mayo. Recuerdo que vivíamos en la calle, decía que me había encontrado siendo muy pequeña, y que no le había quedado más remedio que cuidarme, creía que era lista y que sería el legado de sus ideas. Creo que en el fondo me quería, me atrevería a decir que como un padre, aunque no lo demostrase. Era un agitador de masas, capaz de mover montañas de personas con elocuentes discursos poco comunes en un indigente, sus palabras evidenciaban que vivía en la calle por rechazo al sistema más que por destino, solía decirme que no le harían callar a menos que su voz fuese destrozada, tenía fe en que alguna vez yo pudiese encender los ánimos como él. Aquella tarde los tumultos fueron más allá de lo esperado, lo detuvieron y lo último que me dijo fue.-Mantente a salvo, no hables.-Entonces comprendí que las armas podían más que los argumentos cuando estos no eran realmente escuchados. Siempre pensé que debía ser muy difícil tratar de explicar a un militar con fúsil en mano, alguna palabra diferente a “fuego”, o “alto al fuego”, dudaba que en su cabeza pudiese ingresar información adicional a cómo jalar un gatillo, o cómo humillar más a un ser humano. Cualquier cosa que rompiese sus esquemas, ensuciara sus uniformes, o peor aún, insultase a los símbolos que les otorgaban seguridad, resultaba peligrosa y pronta a extinguir. De seguro, para aquellos pobres uniformados, era abrumador oír a aquel hombre gritarles que abrieran los ojos, que eran manipulados por un gobierno, que en lugar de defender la patria estaban manchando la historia con sangre inocente, y de paso sumando ceros a la derecha de las ya suculentas cuentas de los comandantes ante los que debían humillarse y cuadrarse a diario. Supongo que tanta información en tan poco tiempo, los asustó tanto que jalaron el gatillo, cual si las balas cambiasen esa realidad tan molesta, como si aquello viviese en una persona y no en sus propias vidas.

Luego de huir despavorida, concluí una sola cosa, los gritos no conducen a nada bueno, las voces no son buenas. Alguna parte de mi cerebro, esa que debía trabajar para que mis cuerdas vocales vibrasen a voluntad generando sonidos, se bloqueó para siempre.
A veces, cuando me sentía fuerte, segura e invulnerable, intentaba inútilmente emitir sonidos, pero el resultado siempre era frustrante.
Pasaría algún tiempo para que me enviaran a un hogar de menores, obtuviese algo de educación y consiguiera lo que obtuve hasta ahora. Esa era la historia de mi vida, una historia que nadie conocía, no era algo digno de ocupar frases en el portafolio, no quería parecer vulnerable, ya generaba lástima por mi “escucha activa”, sumar la triste historia del porqué, sólo empeoraría las cosas.

Tenía un solo amigo, Marcos, cada viernes me invitaba a un café para hablar interminablemente de su trabajo, de las muchachas que conocía y luego disculparse para agregar.-¿Algo que escribirme?- Yo sonreía, irónicamente y escribía algo desagradable que le hacía reír.

De vuelta a la realidad y al presente, entré a la biblioteca enfadada, arrojando el abrigo y encendiendo la radio de forma brusca. El portero me siguió preocupado, ¿Ocurre algo Carla?- Mostré el cartel predeterminado que más me representaba en esos momentos.- Todo mal, vete al diablo. El sonrió y me dijo, tienes problemas del corazón, me burlé y esta vez escribí.- ¿Desde cuando eres cardiólogo?- El siguió silbando y hablando del amor. El amor y un fastidio, pensé, entonces continué con mi habitual labor de plagar el portafolio de imágenes buenas, de esas que dicen más que mil palabras. Lo que de verdad me enfadaba era el no tener que escribir algo nuevo en mi portafolio, siempre las mismas frases, nadie a quien decir algo para lo que no existiesen palabras. Al no hablar, tenía la ventaja de pensar bien antes de escribir, y hasta ahora, nunca había sentido la necesidad de inventar una palabra nueva, para expresar un sentimiento descomunal.

No sé qué me hizo creer que el sujeto de la micro aparecería como algo importante en mi vida, quizás su mirada transparente, diferente a todas las demás, su nerviosismo al hablar era sencillamente…tierno. Lo observé atentamente, de un modo más discreto que el suyo, claro está, quizás nunca lo notó. Es extraño, pero la vez que me siguió al trabajo, no sentí ganas de golpearle, quería que me hablase, saber de él.

Atendí con frases pesadas a todos los concurrieron a la biblioteca ese día, todos notaron que algo me pasaba, y en lugar de enfadarse por mis malas palabras sonreían, cual si fuese un bebé diciendo groserías. Mi frase más usada durante toda esa semana fue; "Cuando hables procura que tus palabras sean mejores que el silencio".

¿Fin?





Author: Anfechen
•18:20
Caminaba apresurada como de costumbre, con su delgada silueta envuelta en aquel abrigo negro. Un maletín en la mano derecha y bajo el brazo izquierdo un portafolio tapizado de fotografías en blanco y negro recortadas de algún diario que gritaban de todo; desde mensajes sociales, hasta imágenes de bombas nucleares tachadas con un plumón. Nunca había hablado con ella pero aquel portafolio me daba a entender que pensaba como yo. La muchacha debía ser una revolucionaria, de esas que no necesitan gritar para expresar mil ideas con la sola mirada. Ah…su mirada, eso sí que me daba para escribir cientos de novelas. Sus ojos eran de un color indefinido e indescriptible, decir que eran de color miel, verde, azul o violeta era pasar por alto aquella amplia gama de colores que destellaba cuando pestañeaba.

Al fin alcanzaba la micro, al parecer siempre se retrasaba y debía correr agitando los brazos para que el chofer la esperara, éste ya la conocía, así que sonreía al verla subir. También yo, pero la diferencia es que para mi el viaje era el mejor momento del día sólo porque estaría más cerca de ella, y porque como siempre, viajaría todo el camino preparándome mentalmente para entablar alguna conversación con ella. Lo que en estos dos años, nunca había ocurrido. Siempre se sentaba en un lugar vació, como todo el mundo, entonces yo maldecía el hecho de que tomará la micro justo luego de que el centenar de escolares se bajase. Bueno, quizás era más lista que yo y calculaba ese gran detalle para poder viajar más cómoda. El caso es que no llegaba el día en que se sentase junto a mí, y esto sumado a mi timidez reducía las posibilidades de entablar alguna conversación a cero.

Para los demás podía ser una pasajera más, pero para mi era un misterio disfrazado de mujer, por ejemplo, jamás en estos dos años había escuchado su voz, al subir a la micro saludaba con la mirada, mostraba una tarjeta al micrero y éste le sonreía de vuelta. Tampoco la oí contestar su celular, al parecer sólo recibía mensajes de texto, al menos el tono del mensaje era de mi agrado. Durante el viaje leía, algún libro que extraía del maletín, mientras balanceaba la cabeza al ritmo de una música que sólo ella oía en su mp3. Cuando era hora de bajar, arreglaba su boina inclinada y acomodaba sus oscuros rizos, entonces salía, nuevamente apurada a un destino que yo desconocía.

Mis amigos creían que estaba enloqueciendo, y se burlaban de mi timidez al momento de hablar con una dama. Yo me excusaba con el hecho de que ella era diferente y de seguro intimidaría a cualquiera. Como ocurrió el día en que traté de ayudarla a bajar y me observó con una gélida mirada que bastó para que entendiese que me estaba enviando al demonio. Después de eso presté más atención a su portafolio, la muchacha también era feminista.
A veces me preguntaba si en su mundo existiría lugar para un loco como yo, al parecer no había notado jamás cómo la miraba, siempre infinitamente concentrada en lo que sea que estuviese escuchando, miraba el paisaje absorta en pensamientos que cambiaban el tono de su mirada, de gris a verde, de verde a azul.

Seguirla parecía la idea propia de un psicópata, sin embargo era el único modo de saber algo más de la misteriosa dama del portafolio. Así, un lluvioso viernes de junio, en que ella caminaba a su destino, yo falté al mío.
Sin saber qué me esperaba, entré a la biblioteca municipal, ella saludó con una sonrisa al portero, colgó el abrigo y la boina, su cabello desordenado fue atrapado al instante por unas horquillas, y se ubicó tras el mostrador. De seguro notó que la seguí, pues me observó de un modo inquisidor. No me reclamó ni me preguntó qué se me ofrecía, sino que señaló un cartel que hablaba por ella, diciendo.-“Buenos días, en qué puedo ayudarle”.- Entonces el tic-tac del gran reloj, me indicó que era hora de ir a trabajar y dejar en paz a la bella bibliotecaria. Sin responder corrí, mientras inventaba una excusa mejor que la realidad en caso de ser sorprendido por mi jefe.

Como era de esperar una vez que salí del trabajo fui hacia la biblioteca a buscar cualquier libro, y excusarme por mi torpeza en la mañana. Al entrar ella se paseaba de un lado a otro en puntillas, danzando música clásica, cuando me vio se sonrojó, fue hasta el mostrador, bajó el volumen de la radio y me sonrió como disculpándose. Yo comencé diciendo que en la mañana había ido en busca de un libro, ya que parecía menos vergonzoso y enfermo que la verdad. Ella me miró de modo comprensivo y me guió hasta la sección donde yo debía encontrar el dichoso libro. Luego se fue a recortar más fotografías de periódicos que pegaría en su portafolio. Bastó que tomara su abrigo para entender que era hora de irme, a decir verdad ese día planeaba irme charlando con ella en la micro de vuelta a casa, pero un sujeto rompió mis ilusiones, cuando noté que la invitaba a tomar café y ella asentía con una gran sonrisa.

Tuve que esperar hasta el lunes para verla otra vez, tiempo suficiente para armarme de valor y ensayar algunas frases. El trayecto hasta el paradero en que subiría la retrasada y misteriosa bibliotecaria, fue francamente agotador para mis torpes dedos, que golpeteaban la ventana de la micro de manera ansiosa. Al fin, subió y de forma instintiva levanté mi mano, saludándola como si fuésemos amigos desde siempre. Ella pareció algo contrariada, sin embargo algo tenía mi cara, pues decidió sentarse junto a mí. De forma nerviosa le saludé, y le pregunté si podía ir esa tarde a la biblioteca a dejar el libro prestado. Era una pregunta estúpida, ya que ese día debía ir por regla. Ella sonrió asintiendo con la mirada. Luego hizo algo para lo que nunca estuve preparado…

Abrió su portafolio y señaló una hoja plastificada impresa que decía.-Hola, ¿cómo está/s?- Me tomó algunos segundos comprender que la muchacha era muda, inmediatamente pensé que tampoco oía y empuñé mi mano con el pulgar hacia arriba diciendo bien con la mejor sonrisa que pude gesticular. Ella me observó un instante, negando con la cabeza y volteó varias veces sus plastificadas hojas hasta encontrar la que deseaba y me la mostró.-Soy muda, pero no sorda, oigo perfectamente.- Entonces, rebuscó en su bolso y me mostró los audífonos de su mp3 con una sonrisa. Me sentí realmente estúpido e incómodo, así que no hablé más. La bella mujer me miró de un modo extraño, casi desilusionada, entonces rebuscó en su bolso, se instaló los audífonos y comenzó a oír su música y balancear la cabeza como solía hacerlo. Me limité a observarla a través del reflejo de la ventana, aún avergonzado e incómodo, probablemente por el gran número de veces en que había imaginado su voz, a mi parecer debía ser grave y decidida.
Llegada la hora, ella alzó su mano en señal despedida, arregló su boina y comenzó a caminar apresuradamente.
Ese día no fui a la biblioteca, ya no me importaba pagar la multa, simplemente no sabía qué hacer si veía de nuevo a esa mujer sin voz.

Fin
Author: Anfechen
•13:33

Observo por la ventana las nubes de un frío día blanco, ya pasó la lluvia, ahora viene la parte de soportar las temperaturas bajo cero, nada difícil, viviendo en Los Andes ya estamos bien acostumbrados a eso. Mis dedos delgados teclean rápidamente tratando de regalarte un poema, un verso o un cuento, mientras mi imaginación trabaja a mil por hora tratando de crear una historia bonita de esas que te gustan. Sin embargo, otra parte de mi cabeza me muestra un cuento mucho mejor, donde los personajes principales forman parte de una familia muy especial, alegre y bonita, una donde se bromea todo el tiempo y hay lugar para todos.

Es la historia de mi vida, de mi familia, de esa que tú y mi mami formaron con tanto cariño. De pronto retrocedo unos 16 años y puedo verme jugando a vender ceniceros y toda clase de objetos de la mesa de centro, mientras tu tratabas de ver las noticias o algún partido, luego tomando los mechones de tu pelo para peinarte con mis diferentes moños, y tú siempre con una paciencia infinita para escuchar mi interminable canturreo de absolutamente TODO lo que había hecho en el día. Lo que no ha cambiado mucho hasta ahora, salvo que en lugar de el colegio hablo de la U y el hospital, ya no sólo de los compañeros, también de los pacientes.

De pronto recordé mis tarjetas del día del papá, los testamentos gigantes y llenos de dibujos raros. Es probable que hoy cambie el modo de decirte cuánto te quiero, que ya no dibuje corazones turnios y chuecos, pero no cambia todo el amor que te tengo. Porque a mis 20 años papito, puedo seguir afirmando con la misma convicción que "Eres el mejor papá del mundo". Porque, siempre has estado conmigo, y conforme crezco, vas ayudándome cada vez más. Porque una vez más repetiré, que si alguna vez te he hecho sentir orgulloso, es sólo el reflejo de lo que has sembrado en mí. Así, desde pequeña me enseñaron a ser honesta y luchar por lo que consideramos juntos sin rendirnos por los obstáculos que inevitablemente van a presentarse.

Agradezco cada momento que me has entregado, cada cosa y todos los abrazos, las veces que has tenido que oír mis berrinches, frustraciones y lágrimas, porque cada una de esas veces me has hecho entender que cada problema tiene solución y en esa solución siempre ha estado toda la familia.

Infinitamente gracias, por el sacrificio y el esfuerzo, ese mismo que me heredaste. Con un gran abrazo y sin tener que contar más cuentos, te deseo un día muy bonito y muchas felicidades.

¡Feliz día Papá!

Author: Anfechen
•9:02



El semáforo prendió su luz roja, es hora de bajarme de aquel cálido auto y enfrentar la fría mañana, el aire es incapaz de despeinarme, voy disfrazada de persona seria, mis rizos están enfadados y anudados en una elegante trenza, mientras cientos de horquillas luchan por mantener mi rostro despejado de algún inquieto mechón de cabello.
Mis labios están suavemente maquillados, eso para que parezca que tengo más de 19 años, yo camino rápido, en parte para llegar temprano y en parte para alejarme del frío. No respiro por la boca en todo el tortuoso camino hacia la calidez del hospital, ya que no sería bonito enfermarme y en lugar de cuidar contagiar a un paciente.
El camino es como siempre, rápido, cientos de perfumes me despiertan, el aroma a flores de una mujer alta, rubia y elegante, el olor a pino y madera de un hombre de maletín, la fragancia a uva de una estudiante de colegio. Todos caminan tan rápido como yo, pero no se si todos respiran de forma irregular para no llenarse la boca de aire frío, quizás eso sólo lo hago yo, porque no tengo amígdalas y detesto el dolor de garganta que sobrepasa mis límites de tolerancia.
Al fin he entrado a aquel lugar cálido, el hospital, allí todos corren, tanto para entrar como para salir. Comienzo a saludar con un “buenos días” de la forma más alegre que puedo, pues ahora estoy respirando bien.
Ha llegado la hora de ponerme la toca, cada vez que hago eso, pienso que es el broche de oro para mi disfraz. Entonces el día entero actuaré como una persona sin problemas, tranquila, serena y confiable. Como lo hace el ejecutivo desconocido del banco, el señor que vende el diario, la dueña de casa que debe mantener todo perfecto. Todos ocultando cada uno de nuestros sentimientos.
Alguien falleció en el servicio, sé que estará mejor en aquello que exista luego de la vida, pero no puedo evitar sentirme conmovida, me limito a hacer un minuto personal de silencio y orar.
Luego el trabajo me hará olvidar cada cosa, incluso lo que era antes de estar allí. Recordaré la fisiopatología de “x” enfermedad que me interrogue la profesora, la farmacocinética y mecanismo de acción de algún fármaco, probablemente justo de aquel que no había estudiado. Y como siempre, parecerá que no sé nada, aunque haya dormido poco sólo para saber lo que jamás preguntarían.
Pero así es la vida de una estudiante de enfermería, luego reiré irónicamente de todo lo que me acontece, junto a los que viven la misma realidad. Tendremos un almuerzo rodeado de casos clínicos, diagnósticos NANDA, NIC y los abominables NOC, todos pensando en CARPENITOS u otras sandeces.
Al fin habrá de llegar la hora de ir a casa y estar sola, entonces y sólo entonces recordaré lo que me conmovió en la mañana, una pequeña lágrima se derrama en mi trayecto hacia la casa en la micro, he recordado que tengo sentimientos tristes, que todavía la muerte me hace daño, luego recuerdo mis propios duelos. Es difícil no sentirse triste sabiendo que alguien en otro lugar está sufriendo y que entiendes exactamente qué es lo que le duele. Entonces pienso que sería fantástico tener un poco de tiempo almacenado en una ampolla de 20mgr, entonces lo pasaría por una vía venosa 18, para que avanzara rápidamente, esto sólo porque dicen que el tiempo cura todo. Y porque luego de tres años, a mi no me ha curado aún.
Author: Anfechen
•20:07
El viento golpeaba con fuerza, me miré en el espejo una vez; mi rostro estaba expectante, las marcas lilas ya estaban con ese color amarillo verdoso que anunciaba que mi pálida piel tomaría su tono natural dentro de algunos días. Cepillé mi largo cabello, mis ojos ya no estaban grises, ahora un azul intenso brillaba de renovada alegría. Tomé una hoja de papel y escribí algo sencillo; adios, los amo, no había tiempo de explicar nada más, aun sabiendo que el teléfono no funcionaria quise intentarlo en vano. Luego tomé mis cosas, como era de esperar la puerta estaba cerrada con llave, escapé por la ventana. Una vez afuera me oculté de los odiosos vecinos y por fin llegué al teléfono. Su voz me llenó el corazón de emoción, prometió que nos iríamos en el primer tren, ella sólo tendría que decir que tenía una cita con alguien.
La lluvia azotaba en el pavimento, el cemento mojado amortiguaba mis pasos rápidos. Ahí estaba al fin la estación abarrotaba de gente, decidí tomar un café mientras la esperaba. Pasaron un par de minutos hasta que su figura se recortó entre el gentío uniforme. Sus pasos gráciles le hacían parecer un ángel, tan pequeña y fuerte al mismo tiempo, con sus ojos tiernos y enormes sonriéndome. No fueron necesarias las palabras, sólo bastaba mirarnos de ese modo para incomodar a la gente, pero no nos importó. Corrí a abrazarla y sentí el suave aroma de su piel. Prometimos nunca más ocultar aquel sentimiento tan puro, tan normal y aceptable como el de cualquier pareja. Sólo debíamos liberar nuestras culpas, respaldadas por la más insulso estigma social, y amarnos eternamente.
El tren abrió sus puertas, subimos felices, sabíamos que era sólo el comienzo de una nueva lucha por ser aceptadas, que en todas las ciudades del mundo habría personas como nuestros padres, e incluso peores. La ciudad se alejaba, lo árboles avanzaban en sentido contrario, ella sonrió con ansiedad, ese tren viajaba a la libertad. El tomar su mano me infundía de valor, ambas sabíamos que juntas lograríamos cualquier cosa.


FIN